-¿Me permites que te ame durante el resto de mi vida?- Dijo el loco inconsciente y enamorado.
Por aquel entonces yo estaba muy lejos de “permitir” que nadie me amara. Mis prioridades se centraban principalmente en vivir y disfrutar de mi recién estrenada libertad, tras una tortuosa relación de veintitrés años con mis padres. Necesitaba sentir como un desconocido me gritaba lo buena que era en la cama o despertarme a las seis de la tarde con una resaca de mil demonios. Todas las sensaciones se me quedaban cortas. El tiempo se me escurría entre las manos y a veces, en los pocos momentos de consciencia, me horrorizaba sentir que mi vida se había convertido en algo rutinario. Incluso los excesos pueden convertirse en una monotonía insoportable.
La vida pasaba e iba dejando huellas en mi piel y en mi resquebrajado espíritu. Nunca olvidaré aquella noche que, con más copas que deseo, decidí desaparecer con un tipo que me había invitado a las tres últimas y terminé suplicando que me dejara, cuando sacó de su bolsillo derecho de la chaqueta de cuero una navaja con la que pretendía cortar uno de mis pezones para comérselo después. La realidad puede superar a la ficción, no hay duda de esto, como tampoco la hay de que la vida da giros inesperados.
No recuerdo exactamente que hora era, en cambio estoy completamente segura que era un jueves dieciocho de julio. Hacía un calor horrible y me preparé un café con hielo para refrescarme mientras leía a Bukowski, cuando el estridente sonido del teléfono cambió mis planes. Era Arturo, aquel loco e inconsciente enamorado que años antes me pedía permiso para amarme durante el resto de su vida. Reconozco que al principio me costó adivinar de quién era aquella voz masculina, pero volvió a pedirme permiso y eso le delató. Esta vez se trataba de algo muy diferente. Quería pasar una noche conmigo. La verdad es que no me sorprendió, me lo habían dicho muchas veces, la única diferencia es que él era más educado a la hora de formular su petición.
Nos vimos esa misma tarde.
Entre risas nerviosas y silencios infinitos me contó como le había ido la vida. No había tenido más suerte que yo. Él también había malgastado su tiempo. Había fracasado en su intento de ser casi feliz. Dos divorcios, tres hijos a los que no veía y un gato voyeur, resumía su situación actual.
Cuando terminó de contarme su historia y tras una pausa para encenderse un cigarrillo y tomar el último sorbo de su café, me dijo que necesitaba olvidarme y se le había ocurrido que teniéndome físicamente dejaría de idealizarme y eso le daría una oportunidad para ser casi feliz, ya que la experiencia le había enseñado que los sueños dejan de serlo cuando se materializan.
Pasamos aquella noche juntos y hubo de todo menos sexo. Pero lo recuperamos en los siguientes diecisiete años. Ayer fue su funeral y no me dio tiempo a pedirle permiso para amarle el resto de mi vida.
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